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Salud Mental
Psicoanálisis, ni educación ni cosmovisión / Un saber-hacer
El psicoanálisis, cualquier práctica dedicada a la Salud Mental, no debiera ser una forma de transmitir determinados valores y formas de "deber ser", lo que no implica -por cierto- que un terapeuta no pueda realizar acciones tendientes al cuidado del paciente o analizante.
| Juan Pinetta, , Argentina / licjuanpinetta@gmail.com |
Acerca de mí: Psicólogo; psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), componente de la IPA y la FePAL. Ex editor de la revista Moción (APA; 2012-2015) y de la revista Transformación (OCAL; 2014-2016), Coord. del Depto. de Psicoanálisis y Sociedad (APA; 2016-2020), Coordinador de Zeitgeist Analíti@. Secretario de la Asociación Psicoanalítica Argentina (2024-2026).
(2026-07-01) Hace algunos años, una madre me pidió que "transformase" a su hijo rebelde en alguien bueno, tranquilo y obediente, a lo cual respondí que para eso debía dirigirse a un pastor religioso, en todo caso. Se "bancó" la parada y pudimos trabajar muy bien.
Es bastante común, sino la regla, que en las primeras entrevistas los eventuales analizantes pidan instrucciones sobre qué hacer con sus problemáticas neuróticas, como si uno tuviese la respuesta adecuada. Demanda que viene y es devuelta como boomerang. Si hay algo de éxito irá y vendrá varias veces, naciendo preguntas que lejos de ser eternas deberán ser insistidas, abandonadas, contestadas (tomar decisiones) por el propio analizante.
El psicoanalista no educa ni forma, como si lo hace la pedagogía que transmite conocimientos, valores o conductas; el psicoanálisis no enseña cómo vivir ni inculca normas.
Por el contrario, es un método clínico cuya finalidad es (en apretada síntesis) dar cuenta de lo inconsciente, reducir la compulsión de repetición y dar al sujeto una mejor maniobrabilidad frente a los conflictos e incertidumbres. Saber hacer con el síntoma. Vale decir, el psicoanalista no se coloca en el lugar de un maestro guía, en todo caso acompaña el proceso de elaboración del paciente, con todo el cuidado ético que implica dicha posición.
Todo esto lo transmite Freud en la Conferencia XXXIV, "Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis" (1933).
Por el mismo tiempo, en la Conferencia XXXV, "El psicoanálisis y la concepción del mundo" (1933) se indica que el psicoanálisis no es una "weltanschauung", una cosmovisión de mundo, lo que lógicamente derivaría una pedagogía ad-hoc.
Es decir, si el psicoanálisis fuese una cosmovisión de mundo, incluiría una ideología y una política dirigida hacia la concreción de sus ideales.
Ni es un sistema filosófico o religioso que explica el mundo, ni se pretende abarcar la totalidad de la existencia (aunque a veces juguemos en la interfase con otros campos), no dicta valores, reglas y sentido global (aunque hay algo del "cuidado" en la práctica psicoanalítica, obviamente), ni es una doctrina cerrada.
Pero, en lo que sí considero que puede llevar a cierta percepción de ambigüedad, es que el psicoanalista "transmite", trabaja con una forma de encarar los conflictos que trae el paciente basada en un "proceso analítico", el cual puede ser adoptado por el paciente devenido, justamente, analizante. Algunos dicen que se trata de un identificación al analista momentánea, es decir, a la función analítica.
Otra vez, la importancia de la ética.
Este punto abre muchísimas líneas en este sentido, que tienen que ver con el lugar cuidadoso que debe sostener el psicoanalista.
En definitiva, si hay una meta vinculada a esta transmisión, tiene que ver con la posibilidad de transformación per-se del sujeto en la forma de afrontar los conflictos, ese gran abanico de problemáticas que nos da la vida oportunidad de tener.
Empezando por un breve recorrido, en 1895, en "Proyecto de una psicología para neurólogos", señalaba que el tratamiento no elimina el sufrimiento, sino que -en todo caso- busca regular la tensión psíquica permitiendo que el sujeto lo soporte. Ese año en "Estudios sobre la histeria" desliza algo en ese sentido, en relación a Ana O.
En 1900, en "La interpretación de los sueños" amplía el concepto del psicoanálisis (al que diera inauguración en 1896) como método de investigación y tratamiento que no promete felicidad, sino que ayuda a hacer consciente lo inconsciente y a manejar los conflictos. En 1930, en "El malestar en la cultura", habla de transformación del sufrimiento, resignificando el mismo en un infortunio común. Y de ahí a lo mencionado al principio, los textos de 1933.
Para cerrar, si el mismo Freud siempre se interrogaba sobre múltiples aspectos de la vida psíquica y de la sexualidad, llegando a admitir que la sexualidad humana es “intrínsecamente perturbada” y difícil de encuadrar (recuerdo, para aquellos que creen que el psicoanálisis ejerce algún tipo de sexo-normatividad), ¿cómo podría pensarse en el psicoanálisis como una pedagogía o una cosmovisión?
El psicoanálisis se enfrenta a un momento en el cual, quizás, su lugar sea uno de los últimos reductos del verdadero ser, de aquel que no sabemos nada pero interrogamos, sin etiquetar, encorsetar ni disciplinar.
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