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Generosidad y sencillez. Un breve aporte a la técnica psicoanalítica
La falta de suficiencia es algo que necesita transmitirse en la posición analítica. Una disposición a la investigación, pero con ausencia de adjetivos calificativos como debería, según mi experiencia, etcétera. Todos trucos habituales del analista para poner distancia de la ansiedad que produce la situación de dirigir y tener la responsabilidad, no sencilla, de investigar.
| Marcelo Redonda, Ciudad Autónomoa de Buenos Aires, Argentina / México APG - México / redondamarcelo@yahoo.com.ar |
Acerca de mí: Psicólogo, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Guadalajara.
(2026-04-01) Aunque el trabajo sea conjunto, la responsabilidad de dirigir recae sobre el
analista. Una distancia excesiva libra al analista de toda responsabilidad y el
paciente siente la impunidad de la situación. O, también, una excesiva
suficiencia, obtura e infantiliza al paciente, que de por sí está en una
situación adversa.
Al menos, hasta que comprenda y confíe en la voluntad
del trabajo del analista.
Lo mismo sucede con la excesiva cercanía. La
generosidad es una posición que se percibe en la igualación frente a la
investigación y no por alguna entrega personal del analista fuera del encuadre.
Analista y paciente, como sucede en la vida real, son iguales. Lo que varía es
la posición de uno y otro, y si bien hay aspectos transferenciales que implica
la propia situación, no conozco paciente que no sepa que el analista es una
persona diferenciada, aun los pacientes que padecen confusiones psicóticas.
El paciente, por la experiencia analítica que tenemos, suele ubicar en un
lugar de saber al analista. La generosidad estriba en que esa ilusión que el
paciente trae no sea corroborada por el analista sosteniendo un trato sencillo e
igual. Presentarse con la sencillez suficiente da fe de alguien que no cree
tener a priori una idea de lo que le sucede al paciente. Parte de la generosidad
del analista es entregar esa posición para, en el caso de que el paciente la
cree transferencialmente, pueda ser analizada frente a la evidencia de alguien
que se presenta austero, receptivo y sin perder firmeza. Generosidad ante la
investigación y sencillez en la posición.
Podemos enfrentarnos a un
paciente arrogante que cree que nada obtendrá del análisis o que ostenta cargos
políticos y todas esas fantasías omnipotentes de estar cerca de... o haber
supervisado con tal... o venir de un análisis con tal... casi siempre son
defensas frente a lo desconocido que debemos analizar o enfrentar. Este tipo de
pacientes podría entender la posición de sencillez y generosidad como
suficiencia y falsa modestia por parte del analista, dadas las proyecciones
negativas sobre sus objetos. Eso podrá ser analizado, pero la posición será algo
irrebatible en el proceso temporal del análisis.
Un analista que no
posea características de generosidad y sencillez lo sabrá por el conocimiento de
su propia envidia y pasará por alto esta propuesta técnica, como se pasa por
alto las teorías o propuestas que no nos convencen. Como es envidioso no lo
dirá, pero es necesario que pueda oírlo. Tratará de suplir esa falta con lo que
Bion llamaba (–L) (una falsa cercanía cargada de exigencias superyoicas); o los
pasará a niveles de acción en (-K) (estableciendo una falsa búsqueda de
conocimiento cuando lo que en realidad se propone son las líneas que llevan a un
nuevo status económico, de apariencia o de salto jerárquico en algún campo).
Sólo podemos confiar en que los colegas con capacidad para la generosidad y la
sencillez sepan detectarlo y ponerse a salvo de ello.
Esta idea que
propongo es extraída de la clínica y provee un beneficio que he observado en
contraposición a posiciones que alejan demasiado al paciente y lo colocan como
objeto de estudio externo, a la usanza del viejo reduccionismo
cuantitativo-naturalista, pero con aires de objetividad científica. Desde esa
posición proponen la creencia y activación de la tendencia primaria totémica de
hallar a dios en la figura del analista.
Esto, tanto por la asistencia
directa como por ausencia excesiva.
El eje central de la posición
analítica esperable desde un vértice psicoanalítico tendría como telón de fondo
la superación del abandono primario de todo dios y la vivencia de objeto
separado. Por eso, ubicar al paciente como sujeto implica crear las condiciones
de generosidad y sencillez trabajando sobre las resistencias del analista a
dejar el lugar de Tiresias, o representante de algún tipo de Oráculo, tanto en
su vertiente de saber cómo de la sustracción de éste.
Tanto la posición
de saber, ofrecerse como guía segura, y la de no saber, ofrecerse como esfinge
interrogativa, tienen en sí un supuesto omnipotente que infantiliza al paciente.
La realidad es que el analista no sabe sobre lo devendrá en el material de la
sesión, pero sí tiene que saber qué hacer ante el material apenas tenga una
hipótesis.
La posición del analista no es relativa. Ocupa un lugar y
debe ejercerlo y eso se espera de su función. Así como el paciente debe ser
responsable sobre su realidad psíquica, el analista es responsable de irla
recorriendo y responsabilizar al paciente por ella. Del paciente más inestable
al más estable la función es la misma: crear un punto de igualdad simétrica
(ambos tienen una responsabilidad) y una asimétrica, el analista lleva la
conducción del tratamiento y el paciente la recibe.
Creo que lo que
señalo es uno de los problemas principales actuales del método. Debemos volver
al momento mítico en que los pacientes no seguían a analistas, sino que veían en
ellos una actividad alternativa al modelo anterior de la medicina. El momento en
que los analistas no eran seguidos, inclusive, eran figuras tan poco
establecidas —evoquemos tan sólo al valiente Freud que anunciaba la hipótesis de
la sexualidad infantil y su conmovedora soledad frente al postulado— que
generaba cierta inquietud acercarse a ellos.
Debemos, lo más rápido
posible, librarnos de nuestro lugar social, superar la transferencia preformada,
lo que se espera de nosotros. Borrar el isomorfismo social que nos ha hecho
ingresar a la academia. El psicoanálisis es la peste, no puede ser tomado tan
tranquilamente y seguir siendo vigente. No puede tener que quedar bien con tal o
tal, ni tampoco silenciarse narcóticamente en lo que se espera que el
psicoanálisis diga.
Se dedica a lo inesperado en un marco controlado, y
es portador de una verdad única y no revelada. No puede ser lo mismo que la
filología o la filosofía. Volver al psicoanálisis, a esa intimidad primigenia, a
la desnudez del método. Que quien venga a tratarse sepa que ingresa en un
problema y que daremos hipótesis que nunca escuchó sobre sí mismo. Que el
análisis no es un lugar cómodo ni estable y que incluye al dolor como elemento.
Por lo que podemos ver en el mundo cualquiera es seguido, tenga o no dotes.
Aspiramos a recobrar el momento en que sólo nos seguía quien era capaz de
entender el valor esencial del psicoanálisis, la rudimentaria idea de ampliar el
conocimiento de sí mismo y análisis del narcisismo y el complejo de Edipo.
El psicoanálisis como posición debe reorientar su brújula y objeto, salir
del campo social como práctica demandada por el estado interdisciplinario. La
superación del modelo asistencialista médico suponemos que se ha logrado.
El medio social debe volver a comprender que el analista no es juez ni
experto en temas sociales ni educativos. Es un investigador que ofrece ideas en
un vínculo sobre los problemas del mito edípico que aquejan al paciente.
El hecho analítico tiene una necesidad orgánica. Unos hechos son más o menos
maduros que otros. Sabemos en dónde comienzan, pero no en dónde terminan. Los
hechos tienen una maduración propia, una evolución que sólo tiene un recorrido.
Suele saberse al final, pero tiene vida propia como la propia vida comienza y
termina, repleta de evoluciones no realizadas y de significados no intuidos. Lo
difícil es la percepción de que el hecho llega más lejos que nosotros, que
empujamos, desde él, hacia él, pero no sabemos dónde lo encontraremos al final.
El haber recorrido finales nos da la esperanza de que llegaremos a ese
hecho final, por ejemplo, la intuición de la paternidad, y la prueba de haberla
llevado a cabo y lo que ello significa en términos de cambio psíquico. O la
intuición de la maldad de un padre o madre hacia nosotros, cosa que puede ser
percibida como hecho, pero tardar toda la vida en ser comprendido. Son hechos
que comenzaron en un lugar de la infancia o la adolescencia y se realizaron en
una experiencia real de comprensión de su verdad. Los hechos comienzan, pero no
sabemos dónde terminan.
Supongamos que no realicemos un potencial que
tenemos por diversas circunstancias, eso también es un hecho a recorrer, porque
el hecho está hecho de una consistencia interna que necesita ser apropiada sea
cual sea el desenlace. Lo contrario genera enfermedad. El hecho tiene un duelo
en sí mismo. Por lo tanto, si no se recorre, no nace ni muere y queda como una
sombra psicosomática o de acción no psíquica que puede estallar en cualquier
espacio. El hecho tiene una lógica interna, sólo una. Nace y empuja hacia una
dirección, sólo una. Se lo detecta por error, sabemos que esa no es la
dirección.
Corremos el escollo, si tenemos la valentía, y seguimos
adelante buscando la dirección inmanente del hecho. Ya llegaremos. Sabemos que
tales autores nos gustan y no otros. Con vergüenza debo decir que nunca me gustó
Shakespeare, pero sí, hoy en día, sigo leyendo a Hegel y a Thomas Mann. En mi
naturaleza los hechos tienen color de metafísica alemana. Lo mismo me sucede con
los pacientes en las entrevistas, puedo ver el hecho que se proyecta como
posible análisis e intuyo si podré o no llevarlo a cabo, guiar el barco al
puerto. Siempre se debe decidir. El hecho orgánicamente necesita decisiones
certeras. Sí, certeras. Decidir partir o seguir, en cada estación.
Hay
que decidir en cada sesión qué material es el material psicoanalítico.
Se
puede errar o acertar, pero el material analítico era sólo uno. No dos. Cada
hecho tiene un corazón que podemos o no hallar, pero es sólo uno. Sólo un hijo
por vez, sólo un esposo o esposa por vez. Más es perderse en la confusión y en
la relativización posmoderna de que no hay sentido. Hay sentido, y ante cada
hecho, es uno. El infinito es para la astrofísica, las matemáticas y la
filosofía. El psicoanálisis es finito y se trata de un hecho por vez en cada
sesión.
La esperanza y la inocencia primitiva asociada a ella acompañan
la visión del hecho. Despojarnos todo lo posible de lo que nos representa en el
mundo.
El vértice exactamente opuesto al del político que debe lidiar
con formalidades y el conocimiento de las lógicas del campo social y burocrático
y vivir de la rosca. Esas actividades triviales para el análisis, que no se
ocupa del self ambiental, llevan mucho tiempo y marcan no psicoanalíticamente a
la personalidad. La posición analítica debe ser, en ese sentido, antipolítica,
en lo que se refiere a la práctica. Recuperar la inocencia posible junto a la
soledad esencial de haber sido separado del Edén.
La soledad primigenia
expuesta como los personajes de la tragedia a las más intensas emociones de
pérdida, exilio, abandono, esperanza, anhelo. El analista debe estar entrenado
en la tragedia y el mito para poder posicionarse analíticamente. Tratar de
acercarse como un miembro del nuevo mundo caído del Edén, como uno más. Ver
desde allí, desde esa postura desnuda, lo que ve y experimenta, lo que ama y
pierde. El paciente debe intuir que los dos, analista y paciente, han suspendido
el tiempo cronológico, y se hallan solos con necesidad exclusiva y sin
interrupciones de investigar el material.
El analista debe retener el
deseo de expresar tempranamente intervenciones, intentar ser adecuado para lo
que está sucediendo. Buscar las imágenes o palabras encadenadas al ánimo del
vínculo en ese momento. Inclusive cuando falla, cuando es inapropiado, que sea
evidente para el paciente, y poder proseguir el curso del hecho. El hecho
necesita la caja de resonancia y las notas adecuadas para hacerse visible. La
sensorialidad, las formas prearmadas lo anulan, como una imagen que se desdibuja
del lago cuando el brillo del sol que le permitía reflejarse empieza a irse
durante el fin de la tarde. El hecho es onírico y efímero. El analista debe
esperarlo y saber que ese es. Debe ver en el hecho, como un hombre nuevo, el
hecho nuevo, aunque ver lo que se ve, sea o no adecuado al canon.
Un
analista debe ser valiente y liberal. No debe responder al Estado. Está tratando
de sostener lo mejor que se ha creado para influir sobre el ser humano, y sin
influenciarlo. Es antimonacal, antipolítico, y con fe en el objeto desconocido.
El conocimiento posible psicoanalítico debe acercarse más a la libertad
de lo vivo y menos a la obra contenida en el museo o el recordatorio. Su
posición puede estar representada como la de alguien que escucha la música
grunge de Nirvana y lo que representó su movimiento como expresión de ruptura y
no a su repetición a través de una orquesta sinfónica que toca sus hits,
ridiculizando su potencia innovadora, volviéndola kitch.
Es casi
equivalente a creer que un psicoanalista sólo debe ir a la Scala de Milán a
escuchar obras virtuosas y no seguir el pulso vivo de las expresiones sociales y
sus repercusiones en el espíritu de la época. Debe seguir el pulso de la vida,
seguir los pensamientos que pasan serenamente, esperando el espíritu y usar un
lenguaje sencillo para expresarlo. Debe usar la tradición sólo para aprenderla y
usarla inconscientemente. El acto psicoanalítico no puede ser tradicional ni
social ni esperable.
Debe recuperar el espíritu en el hecho nuevo. Lo
contrario a la evolución. Si bien es cierto que el hecho nuevo es la evolución
de un arduo trabajo simbólico o su opuesto, el modo en que se presenta es
extraño e inesperado. Estamos preparados para lo esperado, pero no tanto para lo
inesperado. Esa es la base del psicoanálisis, la presentación inesperada. odo
existe, llevar el hecho hasta el final. Completar cada emoción, cada nexo,
esperar su unión sin deseo de completar un semblante. Cada sesión o cada día de
trabajo debe ser entrenado.
Rilke fue capaz de esperar décadas hasta que
en Duino algo le dictó la primera parte de sus Elegías. Pasó un largo periodo
hasta que halló la segunda parte de lo que hoy conocemos como sus Elegías de
Duino. La disposición a la escucha y el desarme sensorial de la posición
analítica implica olvidarse de los problemas que nos aquejan. Ejercitar el
instrumento, para que, a la hora de ejecutar la intuición, la paciencia y la
espera sepan cazar el nacimiento, sepan ver el objeto psicoanalítico que se
expresa en la sesión. El íntimo conocimiento descree del entendimiento, está
más apto para la falla en el saber, se sustrae de este.
La alegría
poética del objeto nuevo, su horror a veces, porque no siempre es grato ver las
formas que provienen de lo informe, son reconocidas por la sensación de
desarrollo y crecimiento. Tratar de hallar los problemas nuevos como un espacio
a descubrir. Vivir los problemas como nuevos problemas desconocidos. Nos vamos
dando cuenta de esta manera, la cantidad de tiempo que perdemos como
psicoanalistas en estudiar e ir descubriendo lo verdadero y lo falso de las
teorías y quienes las representan.
El ámbito de conocimiento y
entrenamiento no es sencillo y generoso, no ama los espacios nuevos. Más bien
operan como resistencia al objeto nuevo, y hay que avanzar en el
autoconocimiento hasta distinguir la poderosa pasión del objeto psicoanalítico.
El analista debe encontrar los espacios para entrenar su capacidad
psicoanalítica.
No están fijados esos espacios. Están esparcidos y cada
analista, al tener una personalidad diferente, debe hallar sus modos. De todas
maneras, frente a la soledad que proponemos estamos aunados. La soledad es
grande y es una sola, dijo el poeta, y es difícil de llevar.
De pronto,
cuando ha comprendido el paciente que las cosas sensoriales que hace, sus cosas
diarias, son invisibles para esta posición propuesta, comprende que la verdad es
realmente ajena a esa madeja de horarios y rutinas. El paciente vuelve a mirar
el mundo de nuevo, cada minúsculo hecho. Los hechos externos quedan, como si
estuviéramos en la cima de una colina, lejanos. La mirada psicoanalítica es sola
y alta, se eleva como los ojos propios que permiten observar las luces desde la
soledad frente al infinito. Una ubicación estética o religiosa, propuso Bion en
el final de su vida.
Las grandes cosas de la vida se ven más claras
desde la posición de aislamiento analítico. Por eso el analista debe entrenar su
ingreso a la sesión con algún método de aislamiento personal adecuado. Ejercicio
físico, lectura intensa, alguna práctica de observación, ejecución de algún
instrumento, como quien limpia la intuición y brinda asepsia al entorno de su
percepción. La contemplación de la propia mente, lo que al analista le guste,
todas actividades que generen el espacio de ejercitación de la función
analítica, como el cantante de ópera realiza vocalizaciones para contener el
alma del acto que le toca representar a través de su personaje.
Debemos
mantenernos en lo difícil, la soledad es difícil. Estamos solos con lo
desconocido que ha entrado en nosotros, porque nos han quitado por un instante
todo lo familiar y habitual, porque nos hallamos en medio de un tránsito donde
no podemos detenernos. Lo nuevo ha entrado en nosotros, no sabemos cómo es, el
futuro ha entrado de esa manera para transformarse dentro de nosotros antes de
que acontezca. El analista debe llevarlo adelante. Amar al objeto nuevo, amar al
destino incierto.
Hallar, al fin, el fondo del hecho. La verdad no es
vacía, está plena de sentido si el sentido es diseñado desde sus formas
invisibles a través del trabajo sobre el hecho analítico.
Generosidad en
la investigación y sencillez en la posición. Proteger al método y al paciente
ante la inseguridad esencial que propone el psicoanálisis. La de vivenciarse
como objeto separado sin protectores del yo y asumiendo la verdad esencial del
ser expresado en la realidad psíquica.
La posición sencilla protege
contra la inevitable creación totémica que recae en el analista ante la
inseguridad, y a la vez provee la compañía y esperanza de percibir que en el
mundo alguien nos habla de verdad.
El analista debe ser verdadero. No se
dedica a cosas externas. Se dedica a objetos psíquicos invisibles sensorialmente
que necesitan un método sencillo y generoso para ser observados. La contención
del self no sensorial necesita intuir que un objeto invisible pero
experimentalmente real hace posible su expresión y recepción.
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