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Notas sobre psicoanálisis contemporáneo
La ilusión de comprender: cuando el sentido encubre la repetición
Este trabajo parte de una evidencia clínica que desarma un supuesto central del psicoanálisis: comprender no alcanza. Hay pacientes que saben, que pueden decirlo todo, y aun así repiten. La lucidez no introduce diferencia.
La hipótesis es que, en ciertas configuraciones, la producción de sentido no solo resulta insuficiente, sino que puede funcionar como un modo de sostener la repetición. El sentido organiza, vuelve pensable, incluso alivia, pero no necesariamente transforma. En ese punto, comprender puede operar como una forma lograda de no cambiar.
Retomando el giro freudiano y los desarrollos de la segunda tópica, se sitúa un límite estructural al valor del sentido frente a la compulsión de repetición y la dimensión arcaica del superyó. No todo pensamiento implica elaboración; no toda comprensión produce trabajo psíquico.
La práctica analítica se redefine entonces en otro eje: no producir más sentido, sino hacer posible que algo, por primera vez, deje de repetirse.
| Sandra Goldstein, Buenos Aires, Argentina Psicoanalista / sandragold@gmail.com |
Acerca de mí: Psicoanalista, miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
(Image by Microsoft Copilot, 2026)
(2026-04-04) La ilusión de comprender: cuando el sentido encubre la repetición
La práctica analítica suele otorgar un lugar privilegiado a la
producción de sentido. Comprender, historizar, enlazar se presentan como
operaciones capaces de modificar aquello que insiste. Sin embargo, la
experiencia clínica introduce una torsión que obliga a interrogar este supuesto:
hay pacientes que comprenden con notable precisión lo que les sucede y, aun así,
la repetición persiste sin alteración.
Esta constatación no puede ser
reducida a un déficit de comprensión ni a una falla en la interpretación. Por el
contrario, señala la existencia de una dimensión que no se deja afectar por el
sentido. No todo lo que retorna lo hace bajo la lógica de lo reprimido que
espera ser recordado; hay formas de insistencia que no se organizan como
recuerdo, que no se integran en una historia y que continúan operando incluso
cuando han sido plenamente reconocidas.
La hipótesis que orienta este trabajo es que, en determinadas
configuraciones clínicas, la producción de sentido no solo resulta insuficiente,
sino que puede funcionar como un modo de encubrimiento de la repetición. No en
el sentido de ocultarla, sino de organizarla sin transformarla, ofreciendo una
ligadura que estabiliza aquello que insiste. Comprender, en estos casos, no
modifica: ordena, nombra, vuelve pensable, pero deja intacta la fuerza que
empuja a repetir.
En la práctica, esto se vuelve particularmente visible en
aquellos pacientes que pueden dar cuenta con gran claridad de sus propios
movimientos psíquicos. Reconocen las escenas que se repiten, ubican su origen,
incluso anticipan el modo en que volverán a situarse. Sin embargo, esa
comprensión no introduce una diferencia. Por el contrario, muchas veces parece
funcionar como una superficie de sostén: el saber sobre lo que ocurre no desarma
la repetición, sino que puede contribuir a organizarla.
Una paciente relataba
con notable precisión su tendencia a involucrarse con hombres indisponibles.
Podía reconstruir las escenas en las que había quedado a la espera de una
respuesta que no llegaba y enlazar cada nueva decepción con esa historia. Su
discurso era lúcido, articulado, convincente. Sin embargo, esa comprensión no
modificaba su posición. Cada nuevo vínculo la encontraba nuevamente en el mismo
lugar. En ella, el sentido no estaba ausente; por el contrario, abundaba. Lo que
no se producía era una transformación en la economía psíquica que sostenía la
repetición.
El señalamiento freudiano constituye el punto de partida para
situar este problema. Al introducir que el paciente no recuerda lo reprimido,
sino que lo repite, se produce un desplazamiento decisivo: el obstáculo en la
cura no radica en una falta de comprensión, sino en la persistencia de una
modalidad de funcionamiento que se impone más allá de ella.
Es en los
desarrollos de la segunda tópica donde este límite adquiere su alcance más
radical. La introducción de la compulsión de repetición y la reformulación del
superyó permiten situar que aquello que insiste no responde necesariamente a la
lógica de lo reprimido que busca ser recordado, sino a una dimensión más arcaica
que no se deja afectar por la elucidación de sentido. Esta perspectiva encuentra
una profundización en los últimos escritos freudianos, donde se hace visible la
existencia de un núcleo que no ha sido integrado al trabajo psíquico y que
persiste más allá de toda comprensión.
La reacción terapéutica negativa da
cuenta de este punto: incluso frente a interpretaciones acertadas, el
padecimiento puede intensificarse. No se trata aquí de un problema de
comprensión, sino de la acción de una instancia que no se modifica por el hecho
de haber sido comprendida. El superyó, en su dimensión más arcaica, no
interpreta: exige, insiste, empuja.
En este punto, la diferencia entre
elaborar y reelaborar resulta decisiva. Mientras que la elaboración, en el
sentido de la primera tópica, supone el levantamiento de la represión mediante
la producción de sentido, la reelaboración implica un trabajo que va más allá de
la comprensión, orientado a tramitar la compulsión de repetición y la atracción
de aquello que no ha sido simbolizado. Allí donde este trabajo no tiene lugar,
el sentido puede producir una organización sin que se produzca una
transformación.
En relación con este problema, los desarrollos de Lacan
permiten precisar un aspecto importante al advertir sobre el riesgo de que la
comprensión funcione como cierre. Comprender demasiado rápido puede obturar
aquello que no se deja integrar en una significación plena. Sin embargo, la
clínica permite avanzar un paso más: no se trata únicamente de que el sentido
cierre, sino de que pueda organizar la repetición sin modificarla.
Los
desarrollos de Bion permiten radicalizar este problema al situarlo en las
condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. No se trata de sujetos que no
comprenden, sino de situaciones en las que ciertas experiencias no han adquirido
aún una forma que permita su tramitación psíquica. En esta línea, no todo lo que
se presenta como pensamiento lo es en sentido pleno. Existen formas de actividad
psíquica que organizan, explican, articulan, pero que no implican una
transformación de aquello que las sostiene.
Un paciente tendía a convertir
cada sesión en una reflexión sofisticada sobre sí mismo. Llegaba con hipótesis,
establecía conexiones finas, incluso anticipaba movimientos transferenciales.
Todo parecía indicar una intensa actividad psíquica. Sin embargo, esa producción
tenía algo estéril: no desplazaba su posición, no abría afecto, no permitía que
nada se transformara. Más que un trabajo de elaboración, parecía una actividad
que mantenía a distancia la experiencia misma.
En estos casos, lo que aparece
como comprensión puede funcionar como una pseudo-elaboración: una producción de
sentido que da la impresión de trabajo psíquico sin que este haya tenido lugar.
No se trata de un engaño, sino de una modalidad en la que el sentido se anticipa
a la posibilidad de transformación.
Desde esta perspectiva, el problema no es
que falte comprensión, sino que el pensamiento, en tanto trabajo de ligadura, no
ha ocurrido. Aquello que se repite no persiste por no haber sido entendido, sino
porque no ha sido transformado en algo que pueda ser efectivamente tramitado.
Este punto permite articular con la dimensión de la castración. Para que algo
pueda ser simbolizado, es necesario que se haya producido una operación de
límite que introduzca una diferencia entre el sujeto y aquello que lo invade.
Allí donde esta operación no ha tenido lugar, lo que predomina no es la
represión, sino una forma de funcionamiento en la que lo psíquico queda
capturado por una exigencia que no admite mediación.
En este sentido, el
superyó arcaico puede ser pensado como una instancia que obtura el pensamiento.
No porque impida comprender, sino porque empuja a una repetición que no se deja
tramitar. Bajo su predominio, el sujeto puede incluso comprender lo que le
sucede, pero no puede dejar de hacerlo. El sentido no opera como transformación,
sino como acompañamiento de la insistencia.
Los desarrollos de André Green
permiten precisar este punto en relación con la simbolización. Lo decisivo no es
únicamente si algo fue comprendido, sino si pudo constituirse una distancia
psíquica suficiente para que la experiencia dejara de imponerse de manera
inmediata. Cuando esta operación falla, la comprensión puede reducirse a una
organización secundaria que no modifica la eficacia de aquello que insiste.
Desde otra perspectiva, Jean Laplanche permite situar que no todo en la vida
psíquica se presenta como algo a descifrar. Hay dimensiones que se constituyen
como enigmáticas y que requieren un trabajo de traducción. En determinados
casos, la producción de sentido puede funcionar como una forma de domesticar ese
enigma, volviéndolo narrable sin que haya sido verdaderamente elaborado.
En
una línea convergente, Ferenczi subraya que no es la explicación lo que produce
el cambio, sino una experiencia que afecte al sujeto en su posición. La
repetición no se modifica por ser comprendida, sino cuando algo de esa posición
se altera efectivamente.
La distinción propuesta por Hanna Segal entre
símbolo y ecuación simbólica permite afinar aún más esta cuestión. No toda
producción que parece simbólica introduce una verdadera distancia psíquica. Hay
formas de funcionamiento en las que la representación queda adherida a la cosa,
sin abrir un espacio de mediación suficiente. En esos casos, la actividad
psíquica puede presentar una apariencia de elaboración sin que se haya producido
la transformación que caracteriza al trabajo simbólico propiamente dicho.
Desde esta perspectiva, se vuelve necesario distinguir entre la producción de
sentido y la producción de condiciones. No toda comprensión liga, y no toda
ligadura transforma. Hay formas de intervención que organizan sin modificar, que
nombran sin afectar, que explican sin desplazar.
Ubicar este límite no
implica desestimar el valor del sentido, sino situarlo en su justa medida. Allí
donde lo que insiste no se deja afectar por la comprensión, la tarea analítica
no consiste en producir más sentido, sino en crear las condiciones para que
aquello que retorna pueda, eventualmente, encontrar otra forma de ligadura.
La pregunta que se abre, entonces, no puede cerrarse de antemano: ¿qué es lo
que, en la práctica analítica, produce efectivamente una transformación? ¿Qué
hace que algo deje de repetirse más allá de haber sido comprendido?
Interrogar el lugar del sentido no debilita la práctica analítica, sino que la
vuelve más rigurosa allí donde sus herramientas encuentran su límite.
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Segal,
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