Lo femenino y lo masculino en lo mexicano



Pensar psicoanalíticamente alrededor de lo femenino y lo masculino es un ejercicio tan complejo como necesario. Femenino y masculino son palabras como enlaces covalentes que se asocian y pegan a todo tipo de ideas, conceptos o sensaciones. Hablar de lo que es femenino y lo que es masculino involucra inevitablemente a las esferas más íntimas de su interlocutora. Entrar en materia de género representa un reto al que ahora me sumergiré con la convicción de que es un ejercicio indispensable en nuestros días.



Erika Lepiavka, Ciudad de México, México
/ erikalepiavka@gmail.com

 

Texto expuesto en Londres en 2019, en el marco del Congreso Internacional de Psicoanálisis de la IPA




2026-02-11


Cuando un humano nace, tiene como principales retos (además de la supervivencia) distinguirse de la madre, entender dónde acaba su cuerpo y donde empieza el exterior. En condiciones tradicionales, un poco más tarde aparecerá el padre (o quien funga como tercero) como figura bien identificada y consolidada en la vida psíquica del bebé. Surgirá entonces, el par masculino-femenino y será desde ese lugar que se empiece a crear una cadena de identificaciones con los significados de cada “polo” del par. Femenino y masculino no son lo mismo para todos, porque son palabras que traen detrás de ellas una larga cadena de asociaciones, identificaciones y representaciones. Nuestro diccionario define —en primera instancia— como femenino o masculino, a aquello que pertenece a la mujer o al hombre, respectivamente. Empieza el problema; ¿qué es de quién?, ¿quién lo decide? y sobre todo, ¿por qué hay que partir al mundo en dos?

Es evidente que la comprensión de estas palabras tiene sus inicios en la diferenciación sexual, lugar desde donde comienza la forma más sencilla para su entendimiento. La diferenciación sexual de los organismos es la base de una pirámide que se torna más compleja en la medida en la que que vamos subiendo. Una o uno nace mujer u hombre, y eso es muy sencillo de distinguir. Sin embargo, aquello con lo que una o uno se identifique, y lo que asocie a femenino o masculino, es un camino lleno de curvas, un camino lleno de más caminos, que se recorre y se construye en ambos sentidos, a lo largo de toda la vida. 

Los invito ahora a emprender un viaje, a dar vueltas y transitar algunas facetas de lo  que lo que femenino y masculino han evocado en mí. Será imposible cubrir el espectro tan amplio que invocan estas dos palabras; espero arrojar un poco de luz sobre tan complejo fenómeno. Aunque estoy segura de que femenino o masculino no se pueden definir con pocas palabras, también es cierto que son categorías que usamos en la vida diaria, en el lenguaje común. Podemos hablar, entonces, de su comprensión en términos generales, a través del tiempo y en la cultura que nos rodea. Podemos pensar en los estereotipos de cada género y de cada figura que los representa, el hombre o la mujer. Demos ahora un clavado en una brevísima revisión a través del tiempo:

Arnaldo Rascovsky (1945), miembro fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina, abordó la temática de lo femenino y lo masculino a partir de las ideas de Gregory Zilboorg, psiquiatra ruso. Los autores hablan de la tendencia histórica que vuelca el sadismo y la agresión sobre la mujer:

Desde el Viejo Testamento, que rechaza definitivamente a la mujer, a través de Grecia, donde aquélla no podía heredar a menos que tuviera un marido que la dirigiera, llega hasta Napoleón, quien señalaba: ‘La mujer es dada al hombre para que le suministre hijos. La mujer es nuestra propiedad pero nosotros no lo somos de ella…’ Toda la historia de la humanidad está inundada de esta actitud, ya sea en forma directa o disfrazada, en serio o en broma, en costumbres civilizadas o en leyes y estatutos, en supersticiones o creencias religiosas.

Rascovsky nos habla de “la hostilidad fundamental del hombre hacia la mujer” como una constante a lo largo de la historia. Ward, sociólogo contemporáneo de Freud, argumentó que “desde el punto de vista biogenético la hembra originalmente reinó en forma suprema (…) Ward cree que el descubrimiento de la paternidad en el hombre ocasionó la revolución que destronó a la mujer de su alta posición biológica de privilegio y de primitiva autoridad maternal” (Zilboorg, leído en Rascovsky 1945). La hipótesis de Ward me resulta interesante pues como explicó Melanie Klein, aquello que es envidiado también es admirado y deseado. Considero que este cambio de poder puede darnos mucho para pensar en la dinámica actual hacia lo femenino. 

En este congreso probablemente habremos escuchado varias veces aquel tema llamado envidia de pene. Recuerdo mi último semestre en la universidad, en la materia Teoría y Técnica de la Entrevista clínica, impartida por un psicoanalista didacta. Recuerdo haber pensado, yo creo que la mujer también debe de tener cosas que el hombre puede envidiar. Muchos años después, me entero que Karen Horney había pensado algo parecido desde 1917. No estoy del todo segura de lo que opino del término envidia del pene, y el término envidia fálica, tampoco me convence. Envidia del pene puede sonar concreto, pero me parece que también puede simbolizar envidia de lo que ha sido considerado fálico a lo largo de muchos años: el poder. En términos tanto concretos, como simbólicos, creo que siguen operando en nuestra cultura. Envidia de la matriz, también puede sonarnos demasiado concreto. Al mismo tiempo, puede hablar en términos simbólicos de la envidia por la capacidad de crear un ser humano. Paulina Palacios ha expuesto un excelente trabajo en este congreso, en el cual habla del valor que trae una mujer dentro de sí. 

Es difícil pensar psicoanalíticamente en torno a los términos adecuados en el lenguaje del 2019. Lo que me parece evidente, tanto en mis observaciones cotidianas como mis observaciones clínicas, es que tanto hombre como mujer envidian aquello que tiene el otro. Al mismo tiempo, una mujer puede envidiar aquello que tiene otra mujer. La envidia existe, se da ante la otredad, que no siempre está definida por el sexo. Se envidia lo otro; lo que nunca se podrá tener.  

Quisiera ahora adelantarme en el tiempo y llegar a nuestros días y a nuestra ubicación geográfica; Londres 2019. Es demasiado común escuchar o leer en las noticias sobre actos que involucran agresiones terribles, desmedidas, crudas. En nuestro país, la ola de violencia es preocupante e indignante. Un tipo de esa violencia, se ejerce sobre las mujeres. De acuerdo con estimaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en México hay en promedio siete muertes de mujeres con presunción de homicidio al día, cuyas causas incluyen mutilación, asfixia, ahorcamiento, degollamiento” y la lista continúa (Villalpando, 2018). Ciudad Juárez es una población más conocida por su brutal índice de feminicidios que por cualquier otro aspecto. Mujeres centro y sudamericanas cruzan la frontera de México para llegar a Estados Unidos, y en muchos casos terminan como mulas o esclavas sexuales en el sur del país. Los casos de mujeres golpeadas son moneda común, así como comprensión de muchas mujeres (y el refrán) es que si te pega, es porque te quiere. La violencia que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres mexicanas rebasa cualquier entendimiento de lo lógico; viene desde los lugares más primitivos de la psique. 

Octavio Paz se sumergió en la historia y las vísceras de nuestra sociedad, dejando incontables destellos en El laberinto de la soledad. Con la agudeza de pensamiento que lo caracteriza, hace un retrato de la cultura mexicana a partir de su historia y sus costumbres. Habla sobre el lenguaje, en el que “cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta” (Paz, 1950). Piensa alrededor de las malas palabras que son “definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y la facilidad con la varía su significado”. Paz piensa sobre una frase en particular, “¡Viva México, hijos de la Chingada!” Se pregunta quién es esa Chingada a la que hacemos alusión los mexicanos con tanta frecuencia. Se responde: “Ante todo, es la Madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la maternidad (…) Es la madre abierta, violada o burlada  por  la fuerza.” (Paz, 1950)

Para Paz, La Chingada es también la representación de La Malinche. La Malinche,  como  símbolo  de  sumisión  ante  el  Imperio  Español,  como  esa  madre dañada, maltratada,  despreciada y  violada. Compara  también la  figura  del macho mexicano con la del conquistador español: seres que imponen su voluntad, que son chingones, que chingan.1 “Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla con la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias.” (Paz, 1950) Ese macho mexicano es el mismo que debe enfrentarse en la llamada Guerra contra el narcotráfico. Esa imago, casi compartida por tantos mexicanos, que explica que la mayoría de los homicidios cometidos en el país, sean causados por arma de fuego (balazos).

“La extraña permanencia de Cortés y de la Malinche en la imaginación y en la sensibilidad de los mexicanos actuales revela que son algo más que futuras históricas: son símbolos un conflicto secreto, que aún no hemos resuelto. Al repudiar a la Malinche —Eva Mexicana, según la representa José Clemente Orozco(…)— el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen y se adentra solo en la vida histórica.” Paz, 1950.

En contraposición a la figura despreciada, está la venerada: la Virgen de Guadalupe. Una deidad de  piel morena  que recibió  la concepción  de forma  inmaculada. Una deidad que también representa a la madre sufrida mexicana, de la que habla Paz. El 12 de diciembre es uno de los días más impresionantes que se viven en México.  Caminando o de rodillas, guadalupanos de todos partes de este extendido país llegan a adorarla a la Basílica, segundo templo católico más visitado del mundo. El Cerro del Tepeyac es el lugar donde la Virgen se le apareció al indio Juan Diego, “una colina que antes fue santuario dedicado a Tonatzin, diosa de la fertilidad entre los aztecas”.

Paz expone estas dos expresiones de la feminidad en la mente del mexicano: la madre casta y la madre violada como antagonistas una de la otra. La figura materna se parte en dos: la buena y la mala, la idealizada y la devaluada. Para el pensar psicoanalítico, resulta inevitable recordar la teoría de Melanie Klein. Antes de exponer las ideas de Klein, me gustaría usar un ejemplo más común, y más corriente: las telenovelas.

Las telenovelas mexicanas son un género en sí mismo, un fenómeno que me resulta realmente interesante. Una telenovela existe a base del melodrama; esa narrativa que en ocasiones llega a lo ridículo pero que sin embargo condensa una parte del imaginario mexicano; y ahí radica su éxito. Para hablar sobre el tema, me di a la tarea de ver Cuna de lobos, una de las telenovelas más exitosas de México. La antagonista de Cuna de Lobos, Catalina Creel, es una villana inigualable. Madre y esposa de familia, se convierte en una asesina serial. Catalina lleva un parche en el ojo, con el cual tortura a su hijastro, a quien culpa del ojo que (falsamente) perdió. Catalina Creel es mala hasta los huesos, es también un símbolo del carácter sociopático del mexicano2. Se trata de un personaje corrupto, agresivo, destructivo, déspota, una asesina a sangre fría y que no se detiene ante nada con tal de no perder su posición social. En oposición a ella, está el personaje de Leonora Navarro: una mujer fácil de engañar, inocente, virgen, a quien el hijo de Catalina embarazará para después quedarse con su hijo. Una vez más aparece el par buena-mala, semejante al par Malinche-Virgen.

Las telenovelas se basan el este manejo manqueo de sus protagonistas. Por lo general aparece una mujer buena e inocente, en oposición a una mujer terrible, una villana de telenovela. Catalina Creel permanece como un ícono —a treinta años de su aparición— porque en ella se pueden proyectar los contenidos de la madre más terrorífica: la de las fantasías más antiguas. La fórmula parece ser: la mujer buena debe ser totalmente buena, y la mala, completamente terrible. Las telenovelas mexicanas son transmitidas en todo el continente Americano, además de ser traducidas y exportadas a países como Suiza, Francia, China, Rusia, Taiwán, etcétera. La narrativa de blancos y negros, sin la existencia de los grises, es un negocio mundial ya que esta división no es única de la cultura mexicana. Muchas fábulas también tienen como base la separación total: hay una temida villana y una protagonista dulce e inocente. Se trata del mecanismo de escisión descrito por Melanie Klein, que tiene sus orígenes en el inicio de la vida psíquica del bebé. En Notas sobre algunos mecanismos esquizoides, Klein (1946) explica que

(…) en estados de gratificación los sentimientos de amor se dirigen hacia el pecho gratificador, mientras que en estados de frustración el odio y la ansiedad persecutoria se ligan al pecho frustrador (…) La idealización está ligada a la escisión del objeto, ya que se exageran los aspectos buenos del pecho como salvaguardia contra el temor al pecho persecutorio. (El pecho bueno es) un pecho inagotable y siempre generoso, un pecho ideal (…) El objeto frustrador y persecutorio es mantenido muy separado del objeto idealizado.

Klein se refiere al primer año de vida del bebé. Sabemos que un logro de suma importancia en el desarrollo es la integración de estas dos figuras en un objeto total. Sin embargo, en los rincones inconscientes del psiquismo, la escisión continuará (pues las huellas mnémicas marcadas en el primer año de vida, son profundas). Cuando algo resulta demasiado amenazante, está en potencia de ser escindido. Tal es el caso de los sentimientos más hostiles hacia los objetos primarios. Es por eso que los contenidos desagradables de la figura materna y paterna pueden ser escindidos y depositados en “recipientes” ajenos. Se trata de un mecanismo universal y muy común, que será vivido en diferentes matices, de acuerdo al nivel de funcionamiento psíquico de cada singularidad.

Femenino y masculino son palabras que están acostumbradas a ser entendidas como   polos   opuestos.   Más   que   opuestos,   como   entidades   separadas. Sin embargo, femenino y masculino son constructos que no considero que puedan estar del todo separados. Una persona es como es, en gran parte por las identificaciones con su madre y su padre (o figuras sustitutas). En una persona coexisten identificaciones tanto masculinas y femeninas. Sin embargo, existe una tendencia histórica que ha categorizado rígidamente lo que se relaciona con el hombre o la mujer. Los estereotipos que he mencionado hasta ahora pueden ser anticuados, y muy lejanos al discurso de género actual. Lo son. Sin embargo, considero que estos constructos forman una base importante de nuestra psicología actual. Son comprensiones del mundo que han sido transmitidas por miles de años. La liberación femenina, la lucha por los derechos LGBQT+, así como las nuevas configuraciones en las familias sin duda, han sacudido a estos conceptos, e iniciado circuitos nuevos.

¿Masculino?

Quisiera ahora presentarles el caso de un paciente, a quien llamaré Alejandro. Hace algunos años, se presentó en mi consultorio un hombre alto, bien parecido, con una apariencia muy cuidada y elegante. Al empezar la entrevista, se presento diciendo: soy seropositivo, evidentemente soy gay. Esta frase se quedó grabada en mi memoria porque cayó como una bomba y con la que me quedé pensando ¿evidentemente? Para mí, el término seropositivo no forma un silogismo que diga: por lo tanto, homosexual. Fui entendiendo que en la historia de Alejandro, había una ardua lucha por alienar a lo femenino dentro de él. Se esforzó por no ser “amanerado”, por no ser como las mujeres de su casa. Porque su abuelo tenía, “hijos de primera, e hijas de segunda”. Las mujeres eran muy poca cosa, y existían en función de los hombres. 

Alejandro era originario de un pequeño poblado lejano a la Ciudad de México. Es bien sabido que el catolicismo y sus valores, tienen mayor poder en las provincias mexicanas, que en la capital del país.  Alejandro cursó seminarios para ser sacerdote católico, sin embargo, fue expulsado cuando fue descubierto como homosexual. 

En el universo de Alejandro, lo masculino pertenecía a los típicos machos mexicanos..  La imagen del padre era la de un hombre temido y terriblemente violento, apodado el matavacas., tras haber matado en una ocasión a una vaca, “a chingadazos”. El estereotipo del macho mexicano corresponde a hombres que desprecian a la mujer y enaltecen al hombre, con la tendencia homosexual latente. Octavio Paz (1950) explica que “Es imposible no advertir la semejanza que guarda la figura del ‘macho’ con la del conquistador español. Ése es el modelo —más mítico que real— que rige las representaciones que el pueblo mexicano se ha hecho de los poderosos: caciques, señores feudales, hacendados, políticos, generales, capitanes de industria. Todos ellos son ‘machos’, ‘chingones’.”

Es probable que para Alejandro, la imagen del ministro eclesiástico representara algo similar a la Virgen de Guadalupe; la figura masculina escindida; casta, buena, pura. Sin embargo, tras ser expulsado de los seminarios, decidió salir de su pequeño poblado, para estudiar una profesión universalmente venerada, con una maestría en el extranjero. Alejandro terminó en la Ciudad de México, y dejó (en apariencia) a su imagen devaluada como parte del pueblo lejano.  

En una sesión, Alejandro llegó a hablar de cuánto le enfurecía la discriminación y la violencia contra las mujeres. Intentando mantenerme dentro de lo políticamente correcto, le comenté que también existe una violencia hacia los hombres. Lo desconcerté. Lo que yo intentaba hacer, era hablarle al Alejandro que no pudo continuar su vocación tras ser señalado como homosexual, o el Alejandro que era acosado en la escuela por ser amanerado. Alejandro no quería aceptar que él, en su reafirmada masculinidad, podría ser objeto de violencia. En su mente, su parte femenina se había quedado en ese pueblo del que era originario, junto con su parte devaluada. Lo masculino era enaltecido pero también temido: lo masculino se configuró como aquello que irrumpe con violencia y lo infecta. Radchik () explica que es común que entre los homosexuales infectados de VIH, es muy común la creencia inconsciente de que el virus es el castigo por la homosexualidad. El castigo por la identificación con la madre y con lo femenino del padre.

Existía en Alejandro un dolor profundo, una sensación melancólica, que le decía que sus días estaban contados, que estaba contaminado y que jamás encontraría pareja. La violencia que rodeó al paciente durante su desarrollo no le permitió integrar representaciones sanas de lo femenino y masculino. Alejandro no podía ejercer su homosexualidad sin sentir ansiedades depresivas o de desintegración. Podía ser homosexual en la Ciudad de México, pero no en su pueblo, ni con su familia; se refería a los homosexuales “amanerados”, decía que no le “gusta la jotería” y se refería a alguns homosexuales como putos. En México, el término puto se emplea para decir homosexual de una forma profundamente peyorativa. Ser puto, tal vez sea el equivalente masculino a la puta. Alejandro es un ejemplo de lo que el estereotipo tradicional mexicano de lo masculino (compréndase; macho), modelo rígido (y como dice Paz, imposible)  puede hacer en la subjetividad masculina. 

¿Femenino?

En Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre, Freud habló sobre el tabú de la sexualidad de la madre.  Los niños (y las niñas) se preguntan ¿de dónde vengo? Algún día obtienen la respuesta y poco a poco, caen en cuenta de que su madre tuvo que haber tenido una vida sexual para que él o ella llegara al mundo. Es un descubrimiento que imposibilita ver a la madre como “una personalidad de pureza inatacable (y Freud nos dice que) “nada resulta tan afrentoso (…) ni se siente tan penoso (…) como como una duda sobre este carácter de la madre” (Freud, 1910). Para lidiar con este conflicto, la solución puede ser escindir, negar, o reprimir la sexualidad materna del funcionamiento consceinte. Una frase mexicana ejemplifica esto; “hacer como que la virgen le habla”. Esa sexualidad que es negada, s e desplaza hacia la figura que suele ser objeto de desprecio universal: las prostitutas. Aquí yo quisiera agregar, que si bien Freud habla de la dinámica que se establece en la relación de pareja, a partir de los hombres, yo considero que este desplazamiento no es exclusivo de los hombres.

Regresando a la idea de Freud; se trata de hombres que en un futuro, tendrán un problema cuando tengan hijos: su pareja sexual se convertirá en madre, lo que los llevará en muchos casos a buscar amantes ante la imposibilidad de tener relaciones sexuales con quien ha devenido madre, habiéndose con-fundido las figuras de madre y pareja.

Sin embargo, el que alguien le rinda culto a la Virgen de Guadalupe no lo convierte en uno de estos hombres. Estos son casos más agudos. Paz nos habla de simbolismos que los mexicanos compartimos, que tienen diferentes niveles e intensidades. A lo que voy es que en nuestra cultura occidental, permanece la necesidad de separar a las dos madres: la buena y la mala. De la misma forma, el padre (o figura que ejerce la función paterna) se escinde en diferentes momentos de la vida psíquica Sabemos que un logro importantísimo en el desarrollo es la comprensión de estas dos figuras como una totalidad. Sin embargo quedan remanentes, que se pueden manifestar en escenarios como los sueños, los mitos y la cultura. La figura paterna (masculina, o tercerizante)  también es escindida en diferentes momentos del desarrollo y de la vida. Sin embargo, el ejercicio de  heterosexualidad masculina no suele ser tan castigada en nuestra cultura; sino todo lo contrario Poner algo de lo q dicenrosalba o ali.

Este recorrido tiene un destino final: el consultorio. Quisiera ahora soltar la pregunta ¿Qué implica ser analista mujer? ¿Qué implica ser analista hombre? ¿Hasta dónde permea la cultura en la forma en que nuestros pacientes nos ven? El Foro Económico Mundial estima que (a nivel mundial), los puestos directivos son ocupados en un 22% por mujeres. El último reporte de la OCDE establece que “Cuando las mujeres trabajan, son más propensas a hacerlo a tiempo parcial, tienen menos probabilidades de avanzar a puestos directivos, son más propensas a enfrentarse a la discriminación y ganan menos que los hombres”.  Sería interesante estudiar si existe una brecha salarial de género entre analistas. La brecha salarial es un fenómeno universal, lo cual me lleva a  cuestionarme si nuestra profesión podrá estar atravesada or esta realidad.

Rosalba Bueno (2018) explica que “la baja participación de las mujeres en puestos de liderazgo puede suscitarse por diferentes obstáculos; tanto subjetivos como objetivos. En ambos espacios prevalecen estereotipos de género promotores de la desigualdad, que juegan en contra del ejercicio del liderazgo femenino y de su desarrollo profesional.” A partir de un estudio cualitativo,  encontró entre las participantes, psicoanalistas mexicanas, la creencia de que “las mujeres son buenas administradoras, pero los hombres son los que hacen crecer el dinero. Dinero y mujer está relacionado con lo sucio (…) sólo las putas cobran.” Para Bueno, esta creencia está tan arraigada en la sociedad mexicana, que incluso mujeres económicamente fuertes son muchas veces estigmatizadas como egoístas y materialistas. (…) El miedo a la crítica, pero sobre todo los introyectos acerca del significado del dinero y la necesidad de ser para otros, es lo que hace que algunas mujeres que trabajaban percibían sus ingresos como “ayuda” al gasto familiar.”

En el consultorio, los factores externos pueden entenderse como las representaciones de género con las que llega el paciente, que inevitablemente tendrán un papel importante en las fantasías sobre el o la analista. Los factores internos pertenecen al mundo del analista, de su posición en el universo de identificaciones en el cual existe. En el encuentro entre dos subjetividades van y vienen representaciones, muchas de ellas silenciadas o inconscientes. Considero que es papel de quien ejerce como psicoanalista, darse a la tarea de mirarse en el espejo de su construcciones de género y hacerlas conscientes. 

Femenino y masculino son estereotipos, pero son también el significado que cada individuo les da. Aquello con lo que nos identificamos se convierte en quien somos. La transmisión de los roles de género se da en gran parte por identificación con el discurso de las generaciones anteriores. Son hilos difíciles de cortar. La lucha por la equidad de género encuentra una gran limitante ante lo inconsciente; esos prejuicios que ni siquiera sabemos que tenemos. Estudiarlos y estudiarse es un ejercicio de honestidad y coraje que exige plasticidad en nuestros esquemas. Es desde el lugar de analizando, donde un psicoanalista puede dar un clavado en el gran océano que son sus construcciones de género. ¿Para qué? Para no transmitir prejuicios, para no imponer estereotipos, para no perpetrar violencias, para dejar vivir en blanco y negro, para ver más allá de su cultura, para no encarcelar lo que es humano; para ser un poco más libres. 

 




Referencias

Arceo, E. (2017). Cerrar el abismo entre hombres y mujeres en el mercado laboral. Nexos. Recuperado de https://www.nexos.com.mx/?p=31706 [Fecha de consulta: 19 de febrero de 2018].
Burin, M. (2008). Las 'fronteras de cristal' en la carrera laboral de las mujeres. Género, subjetividad y globalización. Anuario de Psicología, 39 (1), 75-86.
Freud, S. (1910). Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (Contribuciones a la psicología del amor). Volumen XI. Obras Completas deSigmund Freud. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2001.
INEGI, (2010). Panorama de las religiones en México 2010. Recuperado de http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/censos/poblacion/2010/panora_religion/religiones_2010.pdf [Fecha de consulta: 13 de julio de 2019].
OECD, (2018). La lucha por la igualdad de género: una batalla cuesta arriba. Recuperado de: http://www.oecd.org/mexico/Gender2017-MEX-es.pdf. [Fecha de consulta: 19 de febrero de 2019].
Klein, M. (1946). Notes on Some Schizoid Mechanisms. International Journal of Psychoanalysis, 27, 99-110.
Rascovsky, A. (1945). Zilboorg, Gregory: Masculine and femenine: Some Biological and Cultural Aspects. (Masculino y femenino. Algunos aspectos biológicos y culturales.) “Psychiatry”, vol. 7, págs. 256-296, 1944.. Rev. Psicoanál., 2(4):734-738.
Paz, Octavio (1967). Los hijos de la malinche. El laberinto de la soledad., Postdata, Cuelta al laberitno de la soledad. 13 Ed., México. Fondo de Cultura Económica.

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